lunes, 23 de agosto de 2010

Maldito Resnais que nos hace pensar

Descubrí, porque me ha pasado reiteradas veces y a conocidos también, que una buena película se convierte en eso, cuando, al salir de la sala de cine, la boca no escupe un “qué linda película”. Al contrario, deben pasar varios minutos, horas tal vez, mientras el film continúa proyectándose en la cabeza, hasta que en un momento se acaba el resto de cinta que quedaba y uno sí dice: “qué buena película, creo que la volvería a ver”.

No hay mejor proceso que el de reconstruir las mejores escenas, las dudosas, las que no terminan de cerrar, en la parte de afuera del cine, la mente.

Aunque después de ver “Las Hierbas Salvajes”, el ultimo largometraje de Alain Resnais, cómo no recordarlo de Hiroshima Mon Amour, hubo algunas preguntas que siguen sin respuesta ¿Hay edad para amar? ¿Hay que ser joven para soñar? ¿En qué momento se pierden las esperanzas por alcanzar lo que queremos? ¿Se puede lograr?

Tal vez porque no basta una película para completar tales dudas. De todas maneras, no dejen de ver esta maravillosa pieza del cine francés que mezcla sátira, romance, sueños, realidades, relaciones confusas, personajes misteriosos, amor, celos, y hierbas, muchas hierbas, que comienzan siendo pequeñas, retoños que nacen entre las juntas del asfalto, para convertirse en pastizales inmensos que no dejan de crecer, como los sueños calculo.

No es sólo una película de un hombre y una mujer y el amor que los une, es una obra filosófica que te deja pensando en la película de cada uno, la vida.


Agustina Grasso

jueves, 29 de julio de 2010

El fantástico mundo de Lucrecia Martel


Algunas veces se logra realizar una crítica sin anteponer a su realizador. En otras, es casi imposible. Esta última es la constante en todas la películas de Lucrecia Martel; yendo desde la primera (La Ciénaga, 2001), pasando por la segunda (La Niña Santa, 2004) y concluyendo en la tercera (La Mujer Sin Cabeza, 2008), toda la obra de Martel es un ciclo continuo que muestra la necesidad de derrumbar lo establecido, “lo normal”.

Entonces, sería casi imposible, explayarnos sobre cualquiera de los films de Lucrecia, sin antes, hablar de Martel.

Pero, ¿qué tenemos para decir de esta brillante e ingeniosa cineasta del Nuevo Cine Argentino? Con tanto elogio parece estar todo dicho… ¡Pero Martel sorprende! Sorprende en cada guión y con cada una de sus películas. Sorprende esa necesidad de ser ambigua y fiel, a su vez, para con sus ideales. Quizás sea esa cualidad para poner en duda lo convencional, para derribar prejuicios, para mostrarnos que Salta no es solo La Linda. En ciertos casos, Martel nos puede enseñar las increíblemente “raras” relaciones en el seno de una familia burguesa, o el camino de la religión y la culpa en la adolescencia, o tal vez, solo el desajuste emocional de una mujer; quizás estoy siendo muy abarcativo, por eso vamos a tratar de detenernos en esos mundos a los cuales nos sumerge una y otra vez, cada vez que estamos frente a la gran pantalla.

En su primer largometraje, la acción (o no acción) transcurre en una finca en Salta (¿dónde sino?), venida a menos por el descuido y el paso del tiempo. Un lugar que en su tiempo supo ser cuna de burgueses, hoy está azotado por una familia numerosa, con padres alcohólicos, hijos inquietos, criados domésticos… y una piscina; detalle no menor, tomando en cuenta el simbolismo que resulta una fuente de agua en estos tiempos. Si tratamos de poner el orden en su lugar, veremos un ciclo raro en la cinta de Martel. Quizás no se encuentre un problema, quizás no se encuentre la situación esperada, quizás no haya un atrás ni un avance; pero la realizadora, con una cámara nerviosa, se inmiscuirá en la vida de cada uno de esos personajes: en la madre alcohólica, presa del pánico por quedar como su propia madre (de la cual sabemos que nunca se levanto de esa cama); en la prima Tali, que se contradice todo el tiempo, duda, habla mucho y dice poco; en esa calentura reprimida de adolescente, la cual insinúa relaciones promiscuas e incestuosas (hechos q no ocurren, ¿o si?); en la infancia de potrero, esa que supimos tener alguna vez todos, cuando lo único que nos preocupaba era el clima para poder salir del encierro, clima que por cierto amenaza durante toda la película y crea una tensa atmosfera natural, como sus personajes. Porque al fin y al cabo, Martel nos muestra que aún en esta época, la condición humana se ha vuelto naturaleza.

La Niña Santa, su segunda película, no es más que eso… O eso intenta. La historia de una adolescente atrapada entre hacer lo “religiosamente” correcto y luchar contra su despertar sexual. Quizás no sea importante saber que es lo que logra, o si lo logra; lo complicado subyace en entender que su “misión” (así como ella la llama) no es más que la difícil lucha de crecer; de crecer en un mundo donde las contradicciones están a la orden del día. De saber que para salvar al Dr. Jano, debe despertar y dejar de lado la religión con la cuál creció e inspiró su acto de fe, si es que salvar es la palabra correcta… Nos muestra un mundo también en decadencia, ya que el hotel solo subsiste gracias a las convenciones médicas que allí se realizan; un mundo donde las relaciones vuelven a ser irreales, donde el placer es culpa para algunos, donde las obligaciones existen en unos pocos. No es un mundo alejado de lo real, es aquello que nos parece tan real, lo que nos aleja. Es el miedo a condenar al Dr. Jano a la perversión, o a la culpa voluntaria de un impulso voluntario. Es la forma de engañar a lo establecido, cuando la amiga encuentra el camino para llegar virgen al matrimonio. Es quizás la manera en que la directora nos quiere decir, que lo normal es sentir culpa.

Por último, pero no menos importante, nos llega este film (La Mujer Sin Cabeza). Al contrario que las dos obras anteriores, Martel se centra en un personaje, en Vero. Una mujer de mediana edad, con un cierto prestigio y posición social (cuando no en el mundo Martel), la cual comienza a desvanecerse en vida, en el momento en el que creé haber atropellado “algo”. Lo fantástico de Martel es que ese “algo” puede ser desde un perro hasta una persona (sin reparar en las distancias). Rápidamente, la protagonista se hunde en un profundo estado semi-catatónico, el cual altera su percepción y su psiquis drásticamente. Sin necesidad de que se los mencionen, en el sostén social que se pone en marcha entonces se confunden culpas, silencios cómplices, ojos que se niegan a reconocer la realidad y responsabilidades no asumidas. Quizás no haya una moraleja que nos deje tranquilos, quizás solo sea necesario mostrar al ser humano en sus distintas facetas, que nos lleven a recordar, lo tan cerca de la naturaleza que nos encontramos.

Por Martín Castoro

martes, 1 de junio de 2010

Traperancheando

Uno de los fines de este Blog, vale aclarar por las dudas, no es sólo comentar, analizar películas, y fomentar cinéfilos, sino entrar un poco en el mundo de los Directores de Cine y conocer a aquellos que están detrás de las películas. Tratar de no quedarnos en el nombre propio del realizador, sino adentrarnos en su historia, su ojo, su manera de hacer cine, su pasado, y su filmografía. Creo que es una manera de ver cine que no nos hace olvidarnos tan fácilmente de las películas; por el contrario, nos hace sentirnos más parte de la cinta.


Esta aclaración viene a colación de que estoy a punto de faltar a los mandamientos del Blog, comentaré Carancho, pero sin haber visto otra película completa de Pablo Trapero, como Mundo Grúa, El Bonaerense y Leonera. Cuenta pendiente y tarea para el hogar.


Aquí va, algunos dicen que la denominación Carancho fue una invención de Trapero para hacer referencia a aquellas personas que estafan y lucran con la necesidad de los más débiles. Para otros, es una palabra que ya se utilizaba. En este caso, se trata de Sosa, un abogado especialista en accidentes de tránsito que tiene montado un estudio turbio de casos viales siempre en la búsqueda de nuevas historias de gente sin recursos para “ayudarlos”. Se trata de una película que roza lo documental de denuncia por el realismo en la actuación de los personajes (destacable la interpretación de Luján), los escenarios (su oeste oriundo), la cámara en mano y el tema en cuestión ya planteado.


La relación de cada Director con los actores es un tema aparte. Algunos prefieren señalar hasta el mínimo detalle y no dejar nada al azar. Pero Trapero parece no pertenecer a este grupo. “Pablo tiene un plan, pero hay una parte lúdica que él no cerró, y eso es muy bueno”, explicó Darín en una entrevista. Ese estilo muy a lo David Lynch o en el extremo a lo Dogma 95, en el cual muchas veces los actores no sabían cuando se los estaba filmando ya que debían interpretar el rol continuamente, habla también de cómo es el director.


Cerrando el escueto análisis, para no aburrir, si hablando de emociones se trata, las sensaciones están a flor de piel: correrán gotas de sudor por la nuca y se escapará alguna que otra gotita esbozo de lágrima que transforman a la peli en un romántico policial del Nuevo Cine Argentino.


Por Agustina Grasso

lunes, 31 de mayo de 2010


"El buen cine es lo que podemos creernos y el malo, lo que no nos podemos creer"

(Abbas Kiarostami)*




*Director iraní independiente, autor de documentales y dramas neorrealistas, frecuentemente protagonizados por niños, narración poética y alegórica, uso de cámara fija. Exploración del uso de la naturaleza del cine como ficción.

miércoles, 5 de mayo de 2010

La cinta blanca y negra


El blanco es el color de la pureza, la inocencia, la virginidad y la integridad. Todas características, a primera vista, asociadas con la infancia, es decir, con esa primera etapa de la vida de un ser humano, que, luego, bastardeado por vivencias, experiencias y otros adultos, se convierte en un color más bien grisáceo. Bueno, esta película pone en duda este cambio gradual en el color. Presenta una niñez con sentimientos bastantes alejados de esa pureza. Y no estamos hablando de una historia cualquiera, sino la de un pueblo alemán en su etapa previa al nazismo.

La película narra una serie de situaciones misteriosas que tienen que ver con crímenes que nadie sabe - ni el espectador, ni el relator – quien los cometió. Tanto el Barón feudal, el médico del pueblo, el maestro, el pastor, como los propios niños, no quedan exentos de ser los culpables de las atrocidades de este mundo de reglas estrictas y clases económicas bien marcadas. Pero todo, o casi todo, tiene una explicación: esta “cinta” de Michael Haneke intenta revelar el origen del fascismo alemán, que con los años se convertirá en uno de los regímenes totalitarios más sangrientos de la historia.

Las cuestiones técnicas tampoco quedan libradas al azar: la elección de que sea una película en blanco y negro, la cámara fija, los fuera de campo y la falta de banda sonora son características que generan un vínculo especial con el público, de mayor realismo, nerviosismo y tensión. Aunque, vale destacar, que las escenas explícitamente fuertes pueden contarse con los dedos de las manos. No hay imágenes violentas. Es más, muchas, parecen hasta cortadas como por una tijera en la parte más sangrienta; como el caso de la muerte de una trabajadora, donde sólo se ven sus piernas y el resto de su cuerpo queda cubierto por una pared y bajo la imaginación del espectador. Y eso sucede porque Haneke es un experto de la construcción de narrativas de suspenso. Logra que su público termine de ver la película y se quede con cuestionamientos acerca de ciertos asuntos morales o cuestiones sociales, es decir, que se involucre intelectualmente con sus obras. Creo que una vez más, este destacado director de la Europa moderna, lo logró.


Por Agustina Grasso

OTROS FILMS DEL DIRECTOR: El séptimo continente (1989), Funny Games (1997), La pianista (2001), Caché (2005), La cinta blanca (2009)

miércoles, 14 de abril de 2010

Una péli del BAFICI

Como todos sabemos el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires es una excusa más para ir a esa especie de caja mágica llamada “sala de cine” y una oportunidad única para ver películas que, en otras circunstancias, hubieran sido difíciles de degustar.
Esta vez fue el turno de “Go get some Rosemary”, una película de los hermanos Safdie (cuántos hermanos que se dedican a hacer cine, se me cruzan desde los Lumiere hasta los Coen, pasando por los Taviani, calculo que porque les corre la misma sangre por la cabeza) que hizo que una vez más zambullirse en la pantalla grande sea una experiencia de otro mundo.
Una cámara al hombro que se movía al compás de los personajes, un padre divorciado irresponsable que amaba a sus hijos de una manera muy particular, dos niños actores extraordinarios, tensión agradable, nervios con sonrisas. Todo en una sola película independiente de dos hermanos estadounidenses a los que se les cruzó retratar un pequeño momento en sus vidas. Si, resultó ser un film autobiográfico, al final de la proyección aparecieron los directores, con un fuera de línea estético similar al de su obra, dispuestos a responder las preguntas del público: “Quisimos contar una historia para nosotros, que resultó que la podíamos contar para todos”, expresaron los hermanos.

Una película, alumna de la escuela Cassavetes, con emociones fuertes que merece la pena vivir.


Por Agustina Grasso

martes, 6 de abril de 2010

Up in the air: comedia con escalas

“Tomemos una mochila, y en ella comencemos a llenarla con afectos, con seres queridos, pertenencias, valores… Pesa, ¿no es cierto?” Con esta frase abrumadora, el personaje de George Clooney, nos intenta persuadir de que es más cómodo viajar ligero.


Up in the air se acerca a una comedia, tanto como se acerca a un drama. Esta colorida película del talentoso director, Jason Reitman (Juno y Gracias por fumar), nos acerca a un mundo de relaciones complejas (claro, qué relación no lo es) en el cual se toma como partida la vida de un solitario, Ryan Bingham, encargado de dar las noticias de despido en grandes empresas alrededor de todo EEUU.

Si bien, las reacciones de los “re-estructurados” empleados pueden ser múltiples, él las encara con apatía y comprensión (totalmente indiferente); lo cual no deja de exponer el enorme vacío q su personaje carga.


En un mundo cambiante a cada momento y con una economía endeble, Bingham es lo más funcional al sistema: esa liviandad en su vida y su objetivo netamente material no lo dejan relacionarse más con su entorno de lo que quisiera. Quizás él mismo se da cuenta de ese malestar cuando por imposición debe viajar acompañado por una chiquilla, que no hace más que tratar de demostrarle lo tan equivocado que está. Pero por casualidad (o causalidad) se terminan señalando exactamente todo lo contrario, tal vez ella, por pecar de ingenua, o tal vez él, por creer en ella.


Lo cierto es que esta agridulce película (más agri que dulce) nos termina de encontrar a nosotros mismos como ingenuos. Nos pone ante la amarga verdad de que la vida es complicada y aunque uno intente descargar esa mochila constantemente, hay sucesos que no se pueden cambiar.

Sin embargo, más allá del desenlace, los títulos finales, con una banda sonora impecable, nos dejan entrever las confesiones de los trabajadores despedidos que reconocen que en su mochila ahora carga un pesado vacío, pero que tiene un espacio mayor para las cosas inmateriales, que poco valoradas estaban.


En resumen, todo el conjunto, hacen de Up in the air una película exquisita, con un guión magníficamente logrado y un reparto de actores de primera calidad que no van a dejar que esta película de un paseo por las nubes sin antes descender en cada espectador como un soplo de aire calido a nuestras materiales vidas.

Por Martin Castoro